
La historia
La comida siempre ha tenido una gran importancia en mi vida. Al cabo del tiempo me he dado cuenta de que ha sido el hilo que me ha unido a mucha gente. Nací en Inglaterra de padres de India. La comida en la casa de mi infancia siempre mantuvo y estrechó mis lazos con Punjab, el lugar de origen de mi familia. Cada plato de mi madre nos calentaba con la mezcla de especias usada por generaciones y generaciones de mis antepasados. El sabor delicado y dulce, por ejemplo, de una calabaza cultivada por mis padres en su jardín era enriquecido con esta poción mágica.
En la infancia me marcaron algunos platos ingleses, especialmente su rica gama de postres. Volvía a casa después de mis clases de cocina en los colegios con cosas como un crumble hecho con las sobras de la cosecha de ciruelas de un vecino o un bizcocho llamado Victoria sponge. Mis padres nunca los habían comido y les encantaban probarlos.
No sabía hasta qué punto me había influido la comida. Crecí con los langars de Punjab, un ofrecimiento de comida a todo el mundo para celebrar cualquier momento importante en sus vidas. Su origen arraigado profundamente en bhakti yoga. También la prasad que comemos en los templos, una bendición de los dioses.
Estuve trabajando 10 años en un restaurante de propiedad compartida en un lugar precioso de Londres que se llama Neal’s Yard. Nunca sabíamos quién iba a entrar por la puerta. En nuestra cocina abierta charlábamos y compartíamos recetas y experiencias.
Eran deliciosos aquellos encuentros fortuitos y fugaces. Mis años en Londres me han marcado mucho, especialmente por la cantidad de gente diferente a quien conocí, incluyendo Carolyn, que era como mi hermana major y era la persona quien abrió mis ojos al mundo de viajar y cocinar y mi querida amiga Aileen, quien se convirtió en mi madre judía.
Siempre he viajado. En mis viajes me he sentado a comer en las casas de gente muy humilde cuya generosidad, hospitalidad y cariño me han permitido entender mejor el poderoso idioma común de la comida.
Pase lo que pase en mi vida, cocinar es mi bálsamo y más ahora que estoy viviendo en otro país. Me dedicaba a cocinar mis platos favoritos a mis nuevos amigos cuando llegué aquí y no sabía hablar el idioma. Era mi lenguaje sin la necesidad de palabras. Cuando la pena me invade, acudo a los platos de mi madre o el borscht de Aileen para consolarme. Sus recuerdos las resucitan con la comida que compartía con ellas.
Un plato de comida significa mucho más que solo la suma de sus ingredientes con la que es hecho. Cuando añadimos nuestro amor, devoción, paciencia o incluso nuestras lágrimas, puede ser alquimia pura. Un plato de comida tiene el poder de traspasar religiones, idiomas, nacionalidades o cualquier diferencia que pensamos que tenemos. Un plato de comida nos une, por eso te invito a unirte a Traveller’s Kitchen donde todo el mundo es bienvenido.